Niebla
Niebla —Pero ¿dices todo eso de verdad?
—De verdad.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecinueve.
—Ven acá —y cogiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso cara a cara consigo y se le quedó mirando a los ojos.
Y fue Augusto quien se demudó de color, no ella.
—La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.
—Lo creo.
—Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz perversidad…
—Esto no es más que cariño.
—¿Cariño?, ¿y por qué?
—¿Quiere usted saber por qué?, ¿no se ofenderá si se lo digo?, ¿me promete no ofenderse?
—Anda, dÃmelo.
—Pues bien, por… por… porque es usted un infeliz, un pobre hombre…
—¿También tú?
—Como usted quiera. Pero fÃese de esta chiquilla; fÃese de… la Rosario. Más leal a usted… ¡ni Orfeo!
—¿Siempre?
—¡Siempre!
—¿Pase lo que pase?
—SÃ, pase lo que pase.