Niebla
Niebla —Tú, tú eres la verdadera —y fue a cogerla.
—No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no…
—Basta, te entiendo.
Y se despidieron.
Y al quedarse solo se decÃa Augusto: «Entre una y otra me van a volver loco de atar… yo ya no soy yo…».
—Me parece que el señorito debÃa dedicarse a la polÃtica o a algo asà por el estilo —le dijo Liduvina mientras le servÃa la comida—; eso le distraerÃa.
—¿Y cómo se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?
—Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y… ¡ya ve usted!
—Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de comer, y dile que quiero echar con él una partida de tute… que me distraiga.
Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la mesa y preguntó:
—Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer?
—¡Según y conforme!
—¿Cómo según y conforme?
—¡SÃ! Si tiene mucho dinero y muchas agallas, casarse con todas ellas, y si no, no casarse con ninguna.