Niebla
Niebla —No, un cuádruple, como va usted a verlo. Yo me casé loco, pero enteramente loco de amor, con una mujercita reservada y callandrona, que hablaba poco y parecÃa querer decir siempre mucho más de lo que decÃa, con unos ojos garzos dulces, dulces, dulces, que parecÃan dormidos y sólo se despertaban de tarde en tarde, pero era entonces para chispear fuego. Y ella era toda asÃ. Su corazón, su alma toda, todo su cuerpo, que parecÃan de ordinario dormidos, despertaban de pronto como en sobresalto, pero era para volver a dormirse muy pronto, pasado el relámpago de vida, ¡y de qué vida!, y luego como si nada hubiese sido, como si se hubiese olvidado de todo lo que pasó. Era como si estuviésemos siempre recomenzando la vida, como si la estuviese reconquistando de continuo. Me admitió de novio como en un ataque epiléptico y creo que en otro ataque me dio el sà ante el altar. Y nunca pude conseguir que me dijese si me querÃa o no. Cuantas veces se lo pregunté, antes y después de casarnos, siempre me contestó: «Eso no se pregunta; es una tonterÃa». Otras veces decÃa que el verbo amar ya no se usa sino en el teatro y los libros, y que si yo le hubiese escrito: ¡te amo!, me habrÃa despedido al punto. Vivimos más de dos años de casados de una extraña manera, reanudando yo cada dÃa la conquista de aquella esfinge. No tuvimos hijos. Un dÃa faltó a casa por la noche, me puse como loco, la anduve buscando por todas partes, y al siguiente dÃa supe por una carta muy seca y muy breve que se habÃa ido lejos, muy lejos, con otro hombre…