Niebla
Niebla —Y no sospechó usted nada antes, no lo barruntó…
—¡Nada! Mi mujer salÃa sola de casa con bastante frecuencia, a casa de su madre, de unas amigas, y su misma extraña frialdad la defendÃa ante mà de toda sospecha. ¡Y nada adiviné nunca en aquella esfinge! El hombre con quien huyó era un hombre casado, que no sólo dejó a su mujer y a una pequeña niña para irse con la mÃa, sino que se llevó la fortuna toda de la suya, que era regular, después de haberla manejado a su antojo. Es decir, que no sólo abandonó a su esposa, sino que la arruinó robándole lo suyo. Y en aquella seca y breve y frÃa carta que recibà se hacÃa alusión al estado en que la pobre mujer del raptor de la mÃa se quedaba. ¡Raptor o raptado… no lo sé! En unos dÃas ni dormÃ, ni comÃ, ni descansé; no hacÃa sino pasear por los más apartados barrios de mi ciudad. Y estuve a punto de dar en los vicios más bajos y más viles. Y cuando empezó a asentárseme el dolor, a convertÃrseme en pensamiento, me acordé de aquella otra pobre vÃctima, de aquella mujer que se quedaba sin amparo, robada de su cariño y de su fortuna. Creà un caso de conciencia, pues que mi mujer era la causa de su desgracia, ir a ofrecerla mi ayuda pecuniaria, ya que Dios me dio fortuna.
—Adivino el resto, don Antonio.