Niebla
Niebla —No importa. La fui a ver. Figúrese usted aquella nuestra primera entrevista. Lloramos nuestras sendas desgracias, que eran una desgracia común. Yo me decÃa: «¿Y es por mi mujer por la que ha dejado a esta ese hombre?», y sentÃa, ¿por qué no he de confesarle la verdad?, una cierta Ãntima satisfacción, algo inexplicable, como si yo hubiese sabido escoger mejor que él y él lo reconociese. Y ella, su mujer, se hacÃa una reflexión análoga, aunque invertida, según después me ha declarado. Le ofrecà mi ayuda pecuniaria, lo que de mi fortuna necesitase, y empezó rechazándomelo. «Trabajaré para vivir y mantener a mi hija», me dijo. Pero insistà y tanto insistà que acabó aceptándomelo. La ofrecà hacerla mi ama de llaves, que se viniese a vivir conmigo, claro que viniéndonos muy lejos de nuestra patria, y después de mucho pensarlo lo aceptó también.
—Y es claro, al irse a vivir juntos…