Niebla
Niebla —No, eso tardó, tardó algo. Fue cosa de la convivencia, de un cierto sentimiento de venganza, de despecho, de qué sé yo… Me prendé no ya de ella, sino de su hija, de la desdichada hija del amante de mi mujer; la cobré un amor de padre, un violento amor de padre, como el que hoy le tengo, pues la quiero tanto, tanto, sÃ, cuando no más, que a mis propios hijos. La cogÃa en mis brazos, la apretaba a mi pecho, la envolvÃa en besos, y lloraba, lloraba sobre ella. Y la pobre niña me decÃa: «¿Por qué lloras, papá?», pues le hacÃa que me llamase asà y por tal me tuviera. Y su pobre madre al verme llorar asà lloraba también y alguna vez mezclamos nuestras lágrimas sobre la rubia cabecita de la hija del amante de mi mujer, del ladrón de mi dicha.