Niebla
Niebla Un dÃa supe —prosiguió— que mi mujer habÃa tenido un hijo de su amante y aquel dÃa todas mis entrañas se sublevaron, sufrà como nunca habÃa sufrido y creà volverme loco y quitarme la vida. Los celos, lo más brutal de los celos, no lo sentà hasta entonces. La herida de mi alma, que parecÃa cicatrizada, se abrió y sangraba… ¡sangraba fuego! Más de dos años habÃa vivido con mi mujer, con mi propia mujer, y ¡anda!, ¡y ahora aquel ladrón…! Me imaginé que mi mujer habrÃa despertado del todo y que vivÃa en pura brasa. La otra, la que vivÃa conmigo, conoció algo y me preguntó: «¿Qué te pasa?». HabÃamos convenido en tutearnos, por la niña. «¡Déjame!», le contesté. Pero acabé confesándoselo todo, y ella al oÃrmelo temblaba. Y creo que la contagié de mis furiosos celos…
—Y claro, después de eso…