Niebla
Niebla —SÃ, y mucho más, don Antonio.
—¿Mucho más?
—¡Más, sÃ! De modo que usted tiene dos mujeres, don Antonio.
—No, no, no tengo más que una, una sola, la madre de mis hijos. La otra no es mi mujer, no sé si lo es del padre de su hija.
—Y esa tristeza…
—La ley es siempre triste, don Augusto. Y es más triste un amor que nace y se crÃa sobre la tumba de otro y como una planta que se alimenta, como de mantillo, de la podredumbre de otra planta. CrÃmenes, sÃ, crÃmenes ajenos nos han juntado, ¿y es nuestra unión acaso crimen? Ellos rompieron lo que no debe romperse, ¿por qué no habÃamos nosotros de anudar los cabos sueltos?
—Y no han vuelto a saber…
—No hemos querido volver a saber. Y luego nuestra Rita es una mujercita ya; el mejor dÃa se nos casa… Con mi nombre, por supuesto, con mi nombre, y haga luego la ley lo que quiera. Es mi hija y no del ladrón; yo la he criado.