Niebla
Niebla —Y bien, ¿no seguÃa siendo hermosa para él?
—Acaso más que antes, como para ti tu mujer después que te ha dado al intruso.
—¡No le llames asÃ!
—Fue cosa tuya.
—SÃ, pero no quiero oÃrsela a otro.
—Eso pasa mucho; el mote mismo que damos a alguien nos suena muy de otro modo cuando se lo oÃamos a otro.
—SÃ, dicen que nadie conoce su voz…
—Ni su cara. Yo por lo menos sé de mà decirte que una de las cosas que me dan más pavor es quedarme mirándome al espejo, a solas, cuando nadie me ve. Acabo por dudar de mi propia existencia e imaginarme, viéndome como otro, que soy un sueño, un ente de ficción…
—Pues no te mires asÃ…
—No puedo remediarlo. Tengo la manÃa de la introspección.
—Pues acabarás como los faquires, que dicen se contemplan el propio ombligo.
—Y creo que si uno no conoce su voz ni su cara, tampoco conoce nada que sea suyo, muy suyo, como si fuera parte de él…
—Su mujer, por ejemplo.