Niebla
Niebla —En efecto; se me antoja que debe de ser imposible conocer a aquella mujer con quien se convive y que acaba por formar parte nuestra. ¿No has oÃdo aquello que decÃa uno de nuestros más grandes poetas, Campoamor?
—No; ¿qué es ello?
—Pues decÃa que cuando uno se casa, si lo hace enamorado de veras, al principio no puede tocar el cuerpo de su mujer sin emberrenchinarse y encenderse en deseo carnal, pero que pasa tiempo, se acostumbra, y llega un dÃa en que lo mismo le es tocar con la mano al muslo desnudo de su mujer que al propio muslo suyo, pero también entonces, si tuvieran que cortarle a su mujer el muslo le dolerÃa como si le cortasen el propio.
—Y asà es, en verdad. ¡No sabes cómo sufrà en el parto!
—Ella más.
—¡Quién sabe…! Y ahora como es ya algo mÃo, parte de mi ser, me he dado tan poca cuenta de eso que dicen de que se ha desfigurado y afeado, como no se da uno cuenta de que se desfigura, se envejece y se afea.
—Pero ¿crees de veras que uno no se da cuenta de que se envejece y afea?