Niebla
Niebla —Buenas tardes, Margarita.
—Buenas tardes, señorito.
—Augusto, buena mujer, Augusto.
—Don Augusto —añadió ella.
—No a todos los nombres les cae el don —observó él—. Asà como de Juan a don Juan hay un abismo, asà le hay de Augusto a don Augusto. ¡Pero… sea! ¿Salió la señorita Eugenia?
—SÃ, hace un momento.
—¿En qué dirección?
—Por ahÃ.
Y por ahà se dirigió Augusto. Pero al rato volvió. Se le habÃa olvidado la carta.
—¿Hará el favor, señora Margarita, de hacer llegar esta carta a las propias blancas manos de la señorita Eugenia?
—Con mucho gusto.
—Pero a sus propias blancas manos, ¿eh? A sus manos tan marfileñas como las teclas del piano a que acarician.
—SÃ, ya, lo sé de otras veces.
—¿De otras veces? ¿Qué es eso de otras veces?
—Pero ¿es que cree el caballero que es esta la primera carta de este género…?
—¿De este género? Pero ¿usted sabe el género de mi carta?
—Desde luego. Como las otras.