Niebla
Niebla —Una pregunta asÃ, tan vaga, tan genérica, tan en abstracto, no tiene sentido preciso para un modesto investigador como yo, amigo Pérez, para un hombre que no siendo genio, ni deseando serlo…
—¿Ni deseando?
—SÃ, ni deseando. Es mal oficio. Pues bien, esa pregunta carece de sentido preciso para mÃ. El contestarla exigirÃa…
—SÃ, vamos, como aquel otro cofrade de usted que escribió un libro sobre psicologÃa del pueblo español y siendo, al parecer, español él y viviendo entre españoles, no se le ocurrió sino decir que este dice esto y aquel aquello otro y hacer una bibliografÃa.
—¡Ah, la bibliografÃa! SÃ, ya sé…
—No, no siga usted, amigo Paparrigópulos, y dÃgame lo más concretamente que sepa y pueda qué le parece de la psicologÃa femenina.
—HabrÃa que empezar por plantear una primera cuestión y es la de si la mujer tiene alma.
—¡Hombre!
—Ah, no sirve desecharla asÃ, tan en absoluto…
«¿La tendrá él?», pensó Augusto, y luego:
—Bueno, pues de lo que en las mujeres hace las veces de alma… ¿qué cree usted?