Niebla
Niebla «Pero… ¿y si, volviéndose atrás de lo que me dijo —pensó luego—, me dice que sà y me acepta como novio, como futuro marido? Porque hay que ponerse en todo. ¿Y si me acepta?, digo. ¡Me fastidia! ¡Me pesca con mi propio anzuelo! ¡Eso sà que serÃa el pescador pescado! Pero ¡no, no!, ¡no puede ser! ¿Y si es? ¡Ah!, entonces no queda sino resignarse. ¿Resignarse? SÃ, resignarse. Hay que saber resignarse a la buena fortuna. Y acaso la resignación a la dicha es la ciencia más difÃcil. ¿No nos dice PÃndaro que las desgracias todas de Tántalo le provinieron de no haber podido digerir su felicidad? ¡Hay que digerir la felicidad! Y si Eugenia me dice que sÃ, si me acepta, entonces… ¡venció la psicologÃa! ¡Viva la psicologÃa! Pero ¡no, no, no! No me aceptará, no puede aceptarme, aunque sólo sea por salirse con la suya. Una mujer como Eugenia no da su brazo a torcer; la Mujer, cuando se pone frente al Hombre a ver cuál es de más tesón y constancia en sus propósitos, es capaz de todo. ¡No, no me aceptará!».
—Rosarito le espera.
Con tres palabras, preñadas de sentimientos, interrumpió Liduvina el curso de las reflexiones de su amo.
—Di, Liduvina, ¿crees tú que las mujeres sois fieles a lo que una vez hayáis dicho?, ¿sabéis guardar vuestra palabra?
—Según y conforme.