Niebla

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—Sí, el estribillo de tu marido. Pero contesta derechamente y no como acostumbráis hacer las mujeres, que rara vez contestáis a lo que se os pregunta, sino a lo que se os figuraba que se os iba a preguntar.

—Y ¿qué es lo que usted quiso preguntarme?

—Que si vosotras las mujeres guardáis una palabra que hubiéseis dado.

—Según la palabra.

—¿Cómo según la palabra?

—Pues claro está. Unas palabras se dan para guardarlas y otras para no guardarlas. Ya nadie se engaña, porque es valor entendido…

—Bueno, bueno, di a Rosario que entre.

Y cuando Rosario entró preguntóle Augusto:

—Di Rosario, ¿qué crees tú, que una mujer debe guardar la palabra que dio o que no debe guardarla?

—No recuerdo haberle dado a usted palabra alguna…

—No se trata de eso, sino de si debe o no una mujer guardar la palabra que dio…

—Ah, sí, lo dice usted por la otra… por esa mujer…

—Por lo que lo diga; ¿qué crees tú?

—Pues yo no entiendo de esas cosas…

—¡No importa!

—Bueno, ya que usted se empeña, le diré que lo mejor es no dar palabra alguna.


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