Niebla

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—Que no puedo descansar, Eugenia; que les he dado mil vueltas en el magín a las cosas que nos dijimos la última vez que hablamos, y que a pesar de todo no puedo resignarme, ¡no, no puedo resignarme, no lo puedo!

—Y ¿a qué es lo que no puede usted resignarse?

—Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!

—Y ¿qué es esto?

—A esto, a que no seamos más que amigos…

—¡Más que amigos…! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto?, ¿o es que quiere usted que seamos menos que amigos?

—No, Eugenia, no, no es eso.

—Pues ¿qué es?

—Por Dios, no me haga sufrir…

—El que se hace sufrir es usted mismo.

—¡No puedo resignarme, no!

—Pues ¿qué quiere usted?

—¡Que seamos… marido y mujer!

—¡Acabáramos!

—Para acabar hay que empezar.

—¿Y aquella palabra que me dio usted?

—No sabía lo que me decía.

—Y la Rosario aquella…

—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso!, ¡no pienses en la Rosario!


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