Niebla
Niebla —Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora, quietecito, ¿eh?
«Esto es hecho», pensó Augusto, que se sintió ya completa y perfectamente rana.
—Y ahora —agregó Eugenia levantándose— voy a llamar a mi tÃo.
—¿Para qué?
—¡Toma, para darle parte!
—¡Es verdad! —exclamó Augusto, consternado.
Al momento llegó don FermÃn.
—Mire usted, tÃo —le dijo Eugenia—, aquà tiene usted a don Augusto Pérez, que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.
—¡Admirable!, ¡admirable! —exclamó don FermÃn—, ¡admirable! ¡Ven acá, hija mÃa, ven acá que te abrace!, ¡admirable!
—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tÃo?