Niebla
Niebla —No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin medianeros… ¡viva la anarquĂa! Y es lástima, es lástima que para llevar a cabo vuestro propĂłsito tengáis que acudir a la autoridad… Por supuesto, sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia, Âżeh?, pro formula, nada más que pro formula. Porque yo sĂ© que os consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable!, ¡admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.
—¿Desde hoy?
—Tiene usted razĂłn, sĂ, lo fue siempre. Mi casa… ÂżmĂa? Esta casa que habito fue siempre de usted, fue siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy… usted me entiende.
—SĂ, le entiende a usted, tĂo.
En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo:
—¡La tĂa!
Y al entrar esta en la sala y ver aquello, exclamĂł:
—Ya, ¡enterada! ÂżConque es cosa hecha? Esto ya me lo sabĂa yo.
Augusto pensaba: «¡Rana, rana completa! Y me han pescado entre todos».