Niebla
Niebla —No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasÃa y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.
Al oÃr esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira e ir más allá, miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sÃ, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mà y, la cara en las palmas de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:
—Mire usted bien, don Miguel… no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.
—Y ¿qué es lo contrario? —le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.
—No sea, mi querido don Miguel —añadió—, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto… No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo…
—¡Eso más faltaba! —exclamé algo molesto.