Niebla
Niebla —No se exalte usted asÃ, señor de Unamuno —me replicó—, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia…
—Dudas no —le interrump×; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.
—Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de la mÃa propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?
—No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era…
—Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un hombre dormido e inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?
—¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador? —le repliqué a mi vez.
—En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez, ¿de qué manera existe él, como soñador que se sueña, o como soñado por sà mismo? Y fÃjese, además, en que al admitir esta discusión conmigo me reconoce ya existencia independiente de sÃ.