Niebla
Niebla »¡Oh, el águila! ¡Qué cosas se dirÃan el águila de Patmos, la que mira al sol cara a cara y no ve en la negrura de la noche, cuando escapándose de junto a san Juan se encontró con la lechuza de Minerva, la que ve en lo oscuro de la noche, pero no puede mirar al sol, y se habÃa escapado del Olimpo!».
Al llegar a este punto cruzó Augusto con Eugenia y no reparó en ella.
«El conocimiento viene después… —siguió diciéndose—. Pero… ¿Qué ha sido eso? JurarÃa que han cruzado por mi órbita dos refulgentes y mÃsticas estrellas gemelas… ¿Habrá sido ella? El corazón me dice… ¡Pero, calla, ya estoy en casa!».
Y entró.
Dirigióse a su cuarto, y al reparar en la cama se dijo: «¡Solo!, ¡dormir solo!, ¡soñar solo! Cuando se duerme en compañÃa, el sueño debe de ser común. Misteriosos efluvios han de unir los dos cerebros. ¿O no es acaso que a medida que los corazones más se unen, más se separan las cabezas? Tal vez. Tal vez están en posiciones mutuamente adversas. Si dos amantes piensan lo mismo, sienten en contrario uno del otro; si comulgan en el mismo sentimiento amoroso, cada cual piensa otra cosa que el otro, tal vez lo contrario. La mujer sólo ama a su hombre mientras no piense como ella, es decir, mientras piense. Veamos a este honrado matrimonio».