Niebla
Niebla Empezó a devorar el jamón en dulce. «Pero si como —se decÃa—, ¿cómo es que no vivo? ¡Como, luego existo! No cabe duda alguna. Edo, ergo sum! ¿A qué se deberá este voraz apetito?». Y entonces recordó haber leÃdo varias veces que los condenados a muerte en las horas que pasan en capilla se dedican a comer. «¡Es cosa —pensaba— de que nunca he podido darme cuenta…! Aquello otro que nos cuenta Renán en su Abadesa de Jouarre se comprende… Se comprende que una pareja de condenados a muerte, antes de morir, sientan el instinto de sobrevivirse reproduciéndose, pero ¡comer…! Aunque sÃ, sÃ, es el cuerpo que se defiende. El alma, al enterarse de que va a morir, se entristece o se exalta, pero el cuerpo, si es un cuerpo sano, entra en apetito furioso. Porque también el cuerpo se entera. SÃ, es mi cuerpo, mi cuerpo el que se defiende. ¡Como vorazmente, luego voy a morir!».
—Liduvina, tráeme queso y pastas… y fruta…
—Esto ya me parece excesivo, señorito; es demasiado. ¡Le va a hacer daño!
—¿Pues no decÃas que el que come vive?
—SÃ, pero no asÃ, como está usted comiendo ahora… Y ya sabe mi señorito aquello de «más mató la cena, que sanó Avicena».
—A mà no puede matarme la cena.
—¿Por qué?
—Porque no vivo, no existo, ya te lo he dicho.