Niebla
Niebla —Y el que come también, Liduvina —observó tristemente Augusto.
—SÃ, pero no de hambre.
—¿Y qué más da morirse de hambre que de otra enfermedad cualquiera?
Y luego pensó: «Pero ¡no, no!, ¡yo no puedo morirme; sólo se muere el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo morirme… soy inmortal! No hay inmortalidad como la de aquello que, cual yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y una idea es siempre inmortal…».
—¡Soy inmortal!, ¡soy inmortal! —exclamó Augusto.
—¿Qué dice usted? —acudió Liduvina.
—Que me traigas ahora… ¡qué sé yo!… jamón en dulce, fiambres, foiegras, lo que haya… ¡Siento un apetito voraz!
—Asà me gusta verle, señorito, asÃ. ¡Coma, coma, que el que tiene apetito es que está sano y el que está sano vive!
—Pero, Liduvina, ¡yo no vivo!
—Pero ¿qué dice?
—Claro, yo no vivo. Los inmortales no vivimos, y yo no vivo, sobrevivo; ¡yo soy idea!, ¡soy idea!