Niebla
Niebla —Es verdad.
—Ven que me apoye en ti. Quiero que esta noche duermas en mi cuarto, en un colchón que pondremos para ti, que me veles…
—Mejor será, señorito, que yo no me acueste, sino que me quede allÃ, en una butaca…
—No, no, quiero que te acuestes y que te duermas; quiero sentirte dormir, oÃrte roncar, mejor…
—Como usted quiera…
—Y ahora, mira, tráeme un pliego de papel. Voy a poner un telegrama, que enviarás a su destino asà que yo me muera…
—Pero ¡señorito!…
—¡Haz lo que te digo!
Domingo obedeció, llevóle el papel y el tintero y Augusto escribió:
«Salamanca.
»Unamuno.
»Se salió usted con la suya. He muerto.
»Augusto Pérez».
—En cuanto me muera lo envÃas, ¿eh?
—Como usted quiera —contestó el criado por no discutir más con el amo.
Fueron los dos al cuarto. El pobre Augusto temblaba de tal modo al ir a desnudarse que no podÃa ni aun cogerse las ropas para quitárselas.
—¡Desnúdame tú! —le dijo a Domingo.