Niebla
Niebla —Pero ¿qué le pasa a usted, señorito? ¡Si parece que le ha visto al diablo! Está usted blanco y frÃo como la nieve. ¿Quiere que se le llame al médico?
—No, no, es inútil.
—Le calentaremos la cama…
—¿Para qué? ¡Déjalo! Y desnúdame del todo, del todo; déjame como mi madre me parió, como nacÃ… ¡si es que nacÃ!
—¡No diga usted esas cosas, señorito!
—Ahora échame, échame tú mismo a la cama, que no me puedo mover.
El pobre Domingo, aterrado a su vez, acostó a su pobre amo.
—Y ahora, Domingo, ve diciéndome al oÃdo, despacito, el padre nuestro, el ave marÃa y la salve. AsÃ… asÃ… poco a poco… poco a poco… —y después que los hubo repetido mentalmente—: Ahora, mira, cógeme la mano derecha, sácamela, me parece que no es mÃa, como si la hubiese perdido… y ayúdame a que me persigne… asÃ… asÃ… Este brazo debe de estar muerto… Mira a ver si tengo pulso… Ahora déjame, déjame a ver si duermo un poco… pero tápame, tápame bien…
—SÃ, mejor es que duerma —le dijo Domingo, mientras le subÃa el embozo de las mantas—; esto se le pasará durmiendo…