Niebla
Niebla —Pues yo creo —intervino Liduvina— que a mi señorito se le habÃa metido en la cabeza morirse, y ¡claro!, el que se empeña en morir, al fin se muere.
—¡Es claro! —dijo el médico—. Si uno no creyese morirse, ni aun hallándose en la agonÃa, acaso no morirÃa. Pero asà que le entre la menor duda de que no puede menos de morir, está perdido.
—Lo de mi señorito ha sido un suicidio y nada más que un suicidio. Ponerse a cenar como cenó viniendo como venÃa es un suicidio y nada más que un suicidio. ¡Se salió con la suya!
—Disgustos acaso…
—Y grandes, ¡muy grandes! ¡Mujeres!
—¡Ya, ya! Pero, en fin, la cosa no tiene ya otro remedio que preparar el entierro.
Domingo lloraba.