Niebla
Niebla Cuando recibà el telegrama comunicándome la muerte del pobre Augusto, y supe luego las circunstancias todas de ella, me quedé pensando en si hice o no bien en decirle lo que le dije la tarde aquella en que vino a visitarme y consultar conmigo su propósito de suicidarse. Y hasta me arrepentà de haberle matado. Llegué a pensar que tenÃa él razón y que debà haberle dejado salirse con la suya, suicidándose. Y se me ocurrió si le resucitarÃa.
«Sà —me dije—, voy a resucitarle y que haga luego lo que se le antoje, que se suicide si es asà su capricho». Y con esta idea de resucitarle me quedé dormido.
A poco de haberme dormido se me apareció Augusto en sueños. Estaba blanco, con la blancura de una nube, y sus contornos iluminados como por un sol poniente. Me miró fijamente y me dijo:
—¡Aquà estoy otra vez!
—¿A qué vienes? —le dije.
—A despedirme de usted, don Miguel, a despedirme de usted hasta la eternidad y a mandarle, asÃ, a mandarle, no a rogarle, a mandarle que escriba usted la nivola de mis aventuras…
—¡Está ya escrita!
