Niebla
Niebla La cocinera bajó la cabeza ante el dulce reproche. Era la costumbre de uno y de otra.
—SÃ, tocará el piano, porque es profesora de piano.
—Entonces no lo tocará —añadió con firmeza Liduvina—. Y si no, ¿para qué se casa?
—Mi Eugenia… —empezó Augusto.
—¿Ah, pero se llama Eugenia y es maestra de piano? —preguntó la cocinera.
—SÃ, ¿pues?
—¿La que vive con unos tÃos en la Avenida de la Alameda, encima del comercio del señor Tiburcio?
—La misma. ¿Qué, la conoces?
—SÃ… de vista…
—No, algo más, Liduvina, algo más. Vamos, habla; mira que se trata del porvenir y de la dicha de tu amo…
—Es buena muchacha, sÃ, buena muchacha…
—Vamos, habla, Liduvina…, ¡por la memoria de mi madre!…
—Acuérdese de sus consejos, señorito. Pero ¿quién anda en la cocina? ¿A que es el gato?…
Y levantándose la criada, se salió.
—¿Y qué, acabamos? —preguntó Domingo.
—Es verdad, Domingo, no podemos dejar asà la partida. ¿A quién le toca salir?
—A usted, señorito.