Niebla
Niebla «Tengo que tomar alguna determinación —se decÃa Augusto paseándose frente a la casa número 58 de la avenida de la Alameda—; esto no puede seguir asû.
En aquel momento se abrió uno de los balcones del piso segundo, en que vivÃa Eugenia, y apareció una señora enjuta y cana con una jaula en la mano. Iba a poner el canario al sol. Pero al ir a ponerlo faltó el clavo y la jaula se vino abajo. La señora lanzó un grito de desesperación: «¡Ay, mi PichÃn!». Augusto se precipitó a recoger la jaula. El pobre canario revolotaba dentro de ella despavorido.
Subió Augusto a la casa, con el canario agitándose en la jaula y el corazón en el pecho. La señora le esperaba.
—¡Oh, gracias, gracias, caballero!
—Las gracias a usted, señora.
—¡PichÃn mÃo!, ¡mi Pichincito! ¡Vamos, cálmate! ¿Gusta usted pasar, caballero?
—Con mucho gusto, señora.
Y entró Augusto.
Llevólo la señora a la sala, y diciéndole: «Aguarde un poco, que voy a dejar a mi PichÃn», le dejó solo.
