Niebla
Niebla «Mira, Orfeo —le decÃa silenciosamente—, tenemos que luchar. ¿Qué me aconsejas que haga? Si te hubiese conocido mi madre… Pero ya verás, ya verás cuando duermas en el regazo de Eugenia, bajo su mano tibia y dulce. Y ahora, ¿qué vamos a hacer, Orfeo?».
Fue melancólico el almuerzo de aquel dÃa, melancólico el paseo, la partida de ajedrez melancólica y melancólico el sueño de aquella noche.