Niebla
Niebla —Mi anarquismo, mujer, me lo has oÃdo otras mil veces, es mÃstico, es un anarquismo mÃstico. Dios no manda como mandan los hombres. Dios es también anarquista, Dios no manda, sino…
—Obedece, ¿no es eso?
—Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven acá!
Cogió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos rizos de blancos cabellos y añadió:
—Te inspiró Él mismo. SÃ, Dios obedece… obedece.
—SÃ, en teorÃa, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se te presenta un gran partido.
—También yo soy anarquista, tÃa, pero no como tÃo FermÃn, no mÃstica.
—¡Bueno, se verá! —terminó la tÃa.