Niebla
Niebla —Hola, VÃctor.
—Te esperaba en el Casino, pero como no venÃas…
—Allá iba…
—¿Allá?, ¿y en esa dirección? ¿Estás loco?
—SÃ, tienes razón; pero mira, voy a decirte la verdad. Creo que te hablé de Eugenia…
—¿De la pianista? SÃ.
—Pues bien; estoy locamente enamorado de ella, como un…
—SÃ, como un enamorado. Sigue.
—Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa, con pretexto de visitar a sus tÃos; la vi…
—Y te miró, ¿no es eso?, ¿y creÃste en Dios?
—No, no es que me miró, es que me envolvió en su mirada; y no es que creà en Dios, sino que me creà un dios.
—Fuerte te entró, chico…
—¡Y eso que la moza estuvo brava! Pero no sé lo que desde entonces me pasa: casi todas las mujeres que veo me parecen hermosuras, y desde que he salido de casa, no hace aún media hora seguramente, me he enamorado ya de tres, digo, no, de cuatro: de una, primero, que era todo ojos, de otra después con una gloria de pelo, y hace poco de una pareja, una rubia y otra morena, que reÃan como los ángeles. Y las he seguido a las cuatro. ¿Qué es esto?