Niebla
Niebla Y se detuvo a la puerta de una casa donde habÃa entrado la garrida moza que le llevara imantado tras de sus ojos. Y entonces se dio cuenta Augusto de que la habÃa venido siguiendo. La portera de la casa le miraba con ojillos maliciosos, y aquella mirada le sugirió a Augusto lo que entonces debÃa hacer. «Esta Cerbera aguarda —se dijo— que le pregunte por el nombre y circunstancias de esta señorita a que he venido siguiendo y, ciertamente, esto es lo que procede ahora. Otra cosa serÃa dejar mi seguimiento sin coronación, y eso no, las obras deben acabarse. ¡Odio lo imperfecto!». Metió la mano al bolsillo y no encontró en él sino un duro. No era cosa de ir entonces a cambiarlo, se perderÃa tiempo y ocasión en ello.
—DÃgame, buena mujer —interpeló a la portera sin sacar el Ãndice y el pulgar del bolsillo—, ¿podrÃa decirme aquÃ, en confianza y para Ãnter nos, el nombre de esta señorita que acaba de entrar?
—Eso no es ningún secreto ni nada malo, caballero.
—Por lo mismo.
—Pues se llama doña Eugenia Domingo del Arco.
—¿Domingo? Será Dominga…
—No, señor, Domingo; Domingo es su primer apellido.
