Niebla
Niebla —¡Vendrán tiempos —exclamó don FermÃn— en que se disiparán los convencionalismos sociales todos! Estoy convencido de que las cercas y tapias de las propiedades privadas no son más que un incentivo para los que llamamos ladrones, cuando los ladrones son los otros, los propietarios. No hay propiedad más segura que la que está sin cercas ni tapias, al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es naturalmente bueno; la sociedad le malea y pervierte…
—¡Cállate, hombre —exclamó doña Ermelinda—, que no me dejas oÃr cantar al canario! ¿No le oye usted, don Augusto?, ¡es un encanto oÃrle! Y cuando esta se ponÃa a aprender sus lecciones de piano habÃa que oÃrle a un canario que entonces tuve: se excitaba, y cuanto más esta daba a las teclas, más él a cantar y más cantar. Como que se murió de eso, reventado…
—¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros vicios! —agregó el tÃo—. ¡Hasta a los animales que con nosotros conviven les hemos arrancado del santo estado de naturaleza! ¡Oh, humanidad, humanidad!
—Y ¿ha tenido usted que esperar mucho, don Augusto? —preguntó la tÃa.
—Oh, no, señora, no, nada, nada, un momento, un relámpago… por lo menos asà me lo pareció…
—¡Ah, vamos!