Niebla
Niebla —¿Cuál?
—¿No me dijo usted una vez, señora, que la casa que a Eugenia dejó su desgraciado padre…
—SÃ, mi pobre hermano.
—… está gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas?
—SÃ, señor.
—Pues bien; ¡yo sé lo que he de hacer! —y se dirigió a la puerta.
—Pero, don Augusto…
—Augusto se siente capaz de las más heroicas determinaciones, de los más grandes sacrificios. Y ahora se sabrá si está enamorado nada más que de cabeza o lo está también de corazón, si es que cree estar enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha despertado a la vida, a la verdadera vida, y, sea ella de quien fuere, yo le debo gratitud eterna. Y ahora, ¡adiós!
Y se salió solemnemente. Y no bien hubo salido gritó doña Ermelinda: ¡Chiquilla!