Paz en la guerra
Paz en la guerra Pasaron aquella noche acostados en el suelo de una sala, sin poder pegar ojo, llenos de anhelo. A la siguiente mañana recibieron orden de agregarse al batallón de Bilbao. Ignacio hizo un gesto de disgusto. Llevábanle a los mismos cuyo trato quería evitar, a los de su pueblo mismo, a antiguos compañeros de calle y de Casino, a los bullangueros, cuando él iba buscando aldeanos, hombres de campo.
Componíase el batallón por entonces de unos cien hombres, armados muchos de ellos con palos.
—¡Volvemos a encontrarnos! —dijo Celestino a Ignacio, al ver que éste le miraba a los galones.
Sí, volvían a encontrarse; volvía a encontrar al viejo ídolo de cuyo hechizo se redimiera, aunque al parecer tan sólo encontraba armado y con galones al espíritu de la disputa, no de la guerra; veíale la espada, como lengua afilada y serpentina. Y entonces comprendió oscuramente, en las honduras de su espíritu, sin conciencia clara de tal comprensión, la vacuidad de las ideas clasificables, lo hueco de la palabrería de todo programa.
Como eran los días del precepto pascual, comulgaban los voluntarios, comunión de rúbrica, hecha de prisa. Recibían el místico pan de los fuertes como en servicio disciplinario. No faltaba quien no había comulgado hacía años.