Paz en la guerra
Paz en la guerra Desde la muerte de su madre sentÃase Rafaela otra. Sucediendo a la serenidad con que la cuidara, heredó de ella una solicitud ansiosa e inquieta por su padre y hermanos. Durante el dÃa aturdÃanle los sucesos , la angustia, pero de noche preguntándose sin cesar: «¿entrarán?, ¿nos faltará qué comer?», sentÃase madre en espÃritu, alma de la casa, a la vez que su tibio, y aún para sà misma inconfeso amor a Enrique, tomaba el ritmo de su pulso sano. Don Epifanio, en frecuente compañÃa, llamábala ya madrecita, ya patrona.
—Me voy a quedar a vivir con vosotros... Esto de que al ir a ponerme los pantalones estén limpios, y pegados los botones sueltos, no tiene precio... ¿Que hace falta algo? Pues ya vas corriendo a buscármelo... Dios te dé un buen marido. ¿Te pones colorada? Si tuviera yo veintiocho años... Vamos a ver, ¿en qué vas con Enrique?
—¡Qué cosas tiene usted! —y miraba al fondo oscuro del almacén.
El 28 se reanudó el bombardeo; tronaron sobre la villa cuatro dÃas los morteros enemigos, y el primero de abril, Martes Santo, empezó la tregua de la semana de Pasión.