Paz en la guerra
Paz en la guerra Llegó el día 30. El viejo, sacudiendo su soñolencia, recibía y leía partes sumiéndose en la quietud de la resignación, viendo venir las cosas. Los liberales, de árbol en árbol, de mata en mata, de piedra en piedra, abarcaban las estribaciones de la sierra de Galdames, separando las alas enemigas. Los jefes carlistas acudieron a instar a Elío a que volviera a ocupar la sierra. El viejo, atrincherado en su experiencia, tan leal a sus recuerdos como a la Causa, replicó que siendo una cosa descabellada el escalo de la sierra, un mero amago, una estratagema para desorientarlos, necesitaba sus fuerzas todas para esperar al enemigo en el camino del 36, el indicado por la experiencia, el que habría de tomar al fin y al cabo; mas cediendo, al cabo, a la insistencia, dejó fuera cien castellanos a ocupar los senderos de la sierra. Que no se le llamara testarudo.
El pobre viejo de Oriamendi se encontraba desquiciado; el mundo, su mundo, se salía de asiento; el enemigo se ofuscaba en escalar la sierra, cosa que no se le habría ocurrido en los buenos tiempos. Sobre el puente de Güeñes, minado para voladura, recibía confidentes, leía partes, catalejeaba, ínterin el tropel raudo de impresiones le aturullaba la memoria. ¡Lo que no habrían de intentar aquellos generales modernos!