Paz en la guerra

Paz en la guerra

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El gigantesco Cabrera de los recuerdos de Pedro Antonio agrandábasele, difuminándose en el misterioso Valle Invisible, atrayéndole con un fulgor extraño, y mientras los carlistas, asegurando no importarles nada la delección del viejo caudillo, escogían para él insultos y le exoneraba don Carlos de sus honores, Pedro Antonio leía a solas, silabeándola casi, la proclama del héroe leyendario, sintiendo a su lectura brotar como por conjuro sus más arraigados recuerdos. Oía la voz del llamado en un tiempo el tigre del Maestrazgo, que desengañado y arrepentido, e invocando a su hijo, perdonaba a sus enemigos, como en los siete años sembró el terror invocando a su madre fusilada; oía la voz del héroe que conservaba las cicatrices, representantes vivas de los méritos, cuyos muertos títulos y cruces le arrebataba el nieto de aquel Carlos V, que se los diera; oía aquella voz diciendo a sus antiguos devotos que les dejaba el Rey para irse con Dios y con la Patria; que en vano querían llenar con palabras el vacío de las ideas. ¡Extraño eco en el alma del chocolatero el del eco de aquella voz del viejo guerrillero, cargado de heridas y de gloria, hablando desde un misterioso Valle Invisible de ideas y de paz, del poder de la doctrina sobre la fe ciega, pidiendo compasión para la patria, su madre, y que rechazasen de una vez para siempre la injuria que inferían a su dignidad los que califican de ingobernables a los españoles; exhortándoles a que ellos, conquistadores por tradición y por carácter, llevaran a cabo la más grande conquista de un pueblo: la de triunfar de sus propias debilidades!


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