Paz en la guerra

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Gambelu y Pedro Antonio corrieron como chiquillos a Santa Clara, y a duras penas lograron acomodarse junto a un árbol a presenciar la ceremonia. La comitiva entró en el enverjado; colocáronse don Carlos y su borroso padre en el estrado, so el roble y bajo un dosel de damasco; los apoderados, en un templete. Empezó la misa de consagración. Parecía que la muchedumbre, extendida por la reducida arboleda, rendía culto al roble foral. Pedro Antonio miraba a lo lejos, por entre el ramaje del roble, la enorme espalda del gigante Oiz, de aquel sombrío montañón a cuya vista se formara su alma de niño. Rebasábale ésta; sentía renovarse, latiendo su espíritu al unísono del de aquella muchedumbre que con él oía la misa silenciosa, al aire libre, comulgando en espíritu todos, enajenados en la ceremonia. Cerca de ellos unas muchachas, de mejillas coloradas como manzanas, llenas de sí mismas y de su juventud, no hacían otra cosa que cuchichear y reír, atisbadas por una vieja, que distraía la atención de sus rezos para, en observándolas, indignarse de tal desacato. Llegó el alzar; arrodilláronse los que pudieron hacerlo; humillaron la cabeza todos, y en el silencio de la multitud agrupada al pie del viejo roble de las libertades vizcaínas, bajo el ancho cielo libre y lleno de luz, se alzó la hostia a la adoración del pueblo, sin que apenas la comprendiera uno. Bajó entonces don Carlos del trono y arrodillóse ante el altar, poniéndose en pie la muchedumbre. A Pedro Antonio se le querían saltar el alma y brotar aquellas lágrimas tanto tiempo cristalizadas en su corazón. Las resistió por vergüenza de llorar ante tanta gente, resistencia que las hostigaba más y más aún.


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