San Manuel Bueno, martir
San Manuel Bueno, martir De nuestro Don Manuel me acuerdo como si fuese de cosa de ayer, siendo yo niña, a mis diez años, antes de que me llevaran al Colegio de Religiosas de la ciudad catedralicia de Renada. TendrÃa él, nuestro santo, entonces unos treinta y siete años. Era alto, delgado, erguido, llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta y habÃa en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago. Se llevaba las miradas de todos, y tras ellas, los corazones, y él al mirarnos parecÃa, traspasando la carne como un cristal, mirarnos al corazón. Todos le querÃamos, pero sobre todo los niños. ¡Qué cosas nos decÃa! Eran cosas, no palabras. Empezaba el pueblo a olerle la santidad; se sentÃa lleno y embriagado de su aroma.
Entonces fue cuando mi hermano Lázaro, que estaba en América, de donde nos mandaba regularmente dinero con que vivÃamos en decorosa holgura, hizo que mi madre me mandase al Colegio de Religiosas, a que se completara fuera de la aldea mi educación, y esto aunque a él, a Lázaro, no le hiciesen mucha gracia las monjas. «Pero como ahà —nos escribÃa— no hay hasta ahora, que yo sepa, colegios laicos y progresivos, y menos para señoritas, hay que atenerse a lo que haya. Lo importante es que Angelita se pula y que no siga entre esas zafias aldeanas». Y entré en el colegio, pensando en un principio hacerme en él maestra, pero luego se me atragantó la pedagogÃa.
