Diálogo de las cosas acaecidas en Roma
Diálogo de las cosas acaecidas en Roma Pues digo que el Emperador contra toda razón y justicia quisiese quitar todo su Estado al Duque de Milán, ¿qué tenía que hacer en eso el Papa? ¿Para qué se quiere él meter donde no le llaman y en lo que no toca a su oficio? Como si no tuviese ejemplo de Jesucristo para hacer lo contrario, que, llamado para que amigablemente partiese una heredad entre dos hermanos, no quiso ir, dando ejemplo a los suyos que no se debían entremeter en cosas tan viles y bajas. ¿Y queréis ahora vos que se ponga entre ellos su Vicario con mano armada, sin que le llamen para ello? ¿Dónde halláis vos que Jesucristo instituyó su Vicario para que fuese juez entre príncipes seglares, cuanto más ejecutor y revolvedor de guerra entre cristianos? ¿Queréis ver cuán lejos está de ser Vicario de Cristo un hombre que mueve guerra? Mirad el fruto que de ella se saca y cuán contraria es no solo a la doctrina cristiana, más aun a la natura humana. A todos los animales dio la natura armas para que se pudiesen defender y con que pudiesen ofender; a solo el hombre, como a una cosa venida del cielo, adonde hay suma concordia, como a una cosa que acá había de representar la imagen de Dios, dejó desarmado. No quiso que hiciese guerra; quiso que entre los hombres hubiese tanta concordia como en el cielo entre los ángeles. ¡Y que ahora seamos venidos a tan gran extremo de ceguedad, que más brutos que los mismos brutos animales, más bestias que las mismas bestias, nos matemos unos con otros! Las bestias viven en paz, y nosotros, peores que bestias, vivimos en guerra. Y entre los hombres, si buscamos cómo viven en cada provincia, en sola la cristiandad, que es un rinconcillo del mundo, hallaréis más guerra que en todo el mundo; y no tenemos vergüenza de llamarnos cristianos. Y, por la mayor parte, hallaréis que aquellos la revuelven que deberían apaciguarla. Obligado era el Romano Pontífice, pues se precia de ser Vicario de Jesucristo; obligados eran los cardenales, pues quieren ser columnas de la Iglesia; obligados eran los obispos, siendo pastores, de poner las vidas por sus ovejas, como lo hizo y lo enseñó Jesucristo, diciendo: Bonus pastor animam suam ponit pro ovibus suis; mayormente siendo dadas sus rentas al Papa y a estos otros prelados para que, usando de su oficio pastoral, mejor puedan amparar y defender sus súbditos. Y ahora, por no perder ellos un poquillo de su reputación, ponen toda la cristiandad en armas. ¡Oh, qué gentil caridad! ¡Doyte yo dineros para que me defiendas, y tú alquilas con ellos gente para matarme, robarme y destruirme! ¿Dónde halláis vos que mandó Jesucristo a los suyos que hiciesen guerra? Leed toda la doctrina evangélica, leed todas las epístolas canónicas; no hallaréis sino paz, concordia y unidad, amor y caridad. Cuando Jesucristo nació, no tañeron alarma, mas cantaron los ángeles: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis! Paz nos dio cuando nació y paz cuando iba al martirio de la cruz. ¿Cuántas veces amonestó a los suyos esta paz y caridad? Y aun no contento con esto, rogaba al Padre que los suyos fuesen entre sí una misma cosa, como él con su Padre. ¿Podríase pedir mayor conformidad? Pues aún más quiso: que los que su doctrina siguiesen no se diferenciasen de los otros en vestidos, ni aun en diferencias de manjares, ni aun en ayunos, ni en ninguna otra cosa exterior, sino en obras de caridad. Pues el que esta no tiene, ¿cómo será cristiano? Y si no cristiano, ¿cómo Vicario de Jesucristo? Donde hay guerra, ¿cómo puede haber caridad? Y siendo este el principal conocimiento de nuestra fe, ¿queréis vos que la cabeza de ella ande de él tan apartada? Si los príncipes seglares se hacen guerra, no es de maravillar, pues como ovejas siguen a su pastor. Si la cabeza guerrea, forzado es que peleen los miembros. Del Papa me maravillo, que debería de ser espejo de todas las virtudes cristianas y dechado en quien todos nos habíamos de mirar, que habiendo de meter y mantener a todos en paz y concordia, aunque fuese con peligro de su vida, quiera hacer guerra por adquirir y mantener cosas que Jesucristo mandó menospreciar, y que halle entre cristianos quien le ayude a una obra tan nefanda, execrable y perjudicial a la honra de Cristo. ¿Qué ceguedad es esta? Llamámonos cristianos y vivimos peor que turcos y que brutos animales. Si nos parece que esta doctrina cristiana es alguna burlería, ¿por qué no la dejamos del todo?; que, a lo menos, no haríamos tantas injurias a Aquel de quien tantas mercedes hemos recibido. Mas pues conocemos ser verdadera y nos preciamos de llamarnos cristianos y nos burlamos de los que no lo son, ¿por qué no lo querremos ser nosotros?, ¿por qué vivimos como si entre nosotros no hubiese fe ni ley? Los filósofos y sabios antiguos, siendo gentiles, menospreciaron las riquezas, ¿y ahora queréis vos que el Vicario de Jesucristo haga guerra por lo que aquellos ciegos paganos no tenían en nada? ¿Qué dirá la gente que de Jesucristo no sabe más de lo que ve en su Vicario, sino que mucho mejores fueron aquellos filósofos que por alcanzar el verdadero bien, que ellos ponían en la virtud, menospreciaron las cosas mundanas, que no Jesucristo, pues ven que su Vicario anda hambreando y haciendo guerra por adquirir lo que aquellos menospreciaron? Veis aquí la honra que hacen a Jesucristo sus vicarios; veis aquí la honra que le hacen sus ministros; veis aquí la honra que le hacen aquellos que se mantienen de su sangre. ¡Oh sangre de Jesucristo, tan mal de tus vicarios empleada! ¡Que de ti saque dineros este para matar hombres, para matar cristianos, para destruir ciudades, para quemar villas, para deshonrar doncellas, para hacer tantas viudas, tantas huérfanas, tanta muchedumbre de males como la guerra trae consigo! ¡Quién vio aquella Lombardía y aun toda la cristiandad los años pasados en tanta prosperidad; tantas y tan hermosas ciudades, tantos edificios fuera de ellas, tantos jardines, tantas alegrías, tantos placeres, tantos pasatiempos! Los labradores cogían su panes, apacentaban sus ganados, labraban sus casas; los ciudadanos y caballeros, cada uno en su estado, gozaban libremente de sus bienes, gozaban de sus heredades, acrecentaban sus rentas, y muchos de ellos las repartían entre los pobres. Y después que esta maldita guerra se comenzó, ¡cuántas ciudades vemos destruidas, cuántos lugares y edificios quemados y despoblados, cuántas viñas y huertas taladas, cuántos caballeros, ciudadanos y labradores venidos en suma pobreza! ¡Cuántas mujeres habrán perdido sus maridos, cuántos padres y madres sus amados hijos, cuántas doncellas sus esposos, cuántas vírgenes su virginidad; cuántas mujeres forzadas en presencia de sus maridos, cuántos maridos muertos en presencia de sus mujeres, cuántas monjas deshonradas y cuánta multitud de hombres faltan en la cristiandad! Y, lo que peor es, ¡cuánta multitud de ánimas se habrán ido al infierno, y disimulámoslo, como si fuese una cosa de burla! Y aun no contento con todo esto, el Vicario de Jesucristo, ya que teníamos paz, nos viene a mover nueva guerra, al tiempo que teníamos los enemigos de la fe a la puerta, para que perdiésemos, como perdimos, el reino de Hungría, para que se acabase de destruir lo que en la cristiandad quedaba. Y aun no contentándose su gente con hacer la guerra, como los otros, buscan nuevos géneros de crueldad. ¿Qué tiene que hacer el emperador Nerón, ni Dionisio Siracusano, ni cuantos crueles tiranos han hasta hoy reinado en el mundo, para inventar tales crueldades como el ejército del Papa, después de haber rompido la tregua hecha con don Hugo de Moncada, hizo en tierras de coloneses, que dos cristianos tomasen por las piernas una noble doncella virgen, y teniéndola desnuda, la cabeza baja, viniese otro y, así viva, la partiese por medio con una alabarda?... ¡Oh crueldad! ¡Oh impiedad! ¡Oh execrable maldad! Y, ¿qué había hecho aquella pobre doncella? Y, ¿qué habían hecho las mujeres preñadas que, en presencia de sus maridos, les abrían los vientres con las crueles espadas y, sacada la criatura, así caliente, la ponían a asar ante los ojos de la desventurada madre? ¡Oh maravilloso Dios que tal consientes! ¡Oh orejas de hombres que tal cosa podéis oír! ¡Oh sumo Pontífice que tal cosa sufres hacer en tu nombre! ¿Qué merecían aquellas inocentes criaturas? Maldecimos a Herodes, que hizo matar los niños recién nacidos, ¿y tú consientes matarlos antes que nazcan? ¡Dejáraslos siquiera nacer! ¡Dejáraslos siquiera recibir el agua del bautismo; no les hicieras perder las ánimas juntamente con las vidas! ¿Qué merecían aquellas mujeres, porque debiesen morir con tanto dolor, y verse abiertos sus vientres, y sus hijos gemir en los asadores? ¿Qué merecían los desdichados padres, que morían con el dolor de los malogrados hijos y de las desventuradas madres? ¿Cuál judío, turco, moro o infiel querrá ya venir a la fe de Jesucristo, pues tales obras recibimos de sus vicarios? ¿Cuál de ellos lo querrá servir ni honrar? Y los cristianos que no entienden la doctrina cristiana, ¿qué han de hacer sino seguir a su pastor? Y si cada uno lo quiere seguir, ¿quién querrá vivir entre cristianos? ¿Paréceos, señor, que se imita así Jesucristo? ¿Paréceos que se enseña así el pueblo cristiano? ¿Paréceos que se interpreta así la Sagrada Escritura? ¿Paréceos que ruega así el pastor por sus ovejas? ¿Paréceos que son estas obras de Vicario de Jesucristo? ¿Paréceos que fue para esto instituida esta dignidad, para que con ella se destruyese el pueblo cristiano?