Genio y figura
Genio y figura Rafaela, distando mucho de ser merengue de fresa, sin tener nada de empalagoso sino de brioso, atesoraba en el centro de su corazón un inexhausto manantial de cariño. No por reflexión ni por estudiadas teorías, sino por ciego e indomable instinto, era la mujer filántropa. El Padre García se lo había dicho muchas veces: ¡Ay, hija mía, sí tú amases a Dios la mitad siquiera que a los hombres, no estarías ya en la tierra, sino en el cielo, en el ardiente coro de los más enamorados serafines que coronan cual nimbo luminoso el trono del Altísimo! Lo conveniente, añadía el Padre en otra ocasión, es que tu filantropía se trueque en caridad cristiana: que ames a Dios sobre todas las cosas. Considera lo encaramada y elevada que estás ya en el amor, y calcula, si puedes, hasta dónde te encumbrarías en cuanto pusieses sobre todo ello tu amor divino.
Por desgracia, esta deseada y aconsejada superposición no había llegado a verificarse, aunque Rafaela a menudo la apetecía.