Genio y figura

Genio y figura

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El Vizconde oyó con placer este en su sentir bello discurso, y le oyó también con asombro, porque apenas había hablado íntimamente con Rafaela desde que, en la aurora de la vida de ella y de él, tuvieron ambos frecuentes y encantadores coloquios en el famoso figón de Lisboa, llamado Retiro de Camoens.

En extremo se pasmó el Vizconde del extraordinario progreso del espíritu de Rafaela en agudeza y en profundidad, y de su corazón en elevaciones morales. Él pensó, no obstante, que estas elevaciones, la gratitud de Rafaela y su reconocido deber de hacer dichoso a D. Joaquín, no se habían opuesto hasta entonces, ni se opondrían en lo futuro, a ciertos dulces, misteriosos y fugaces abandonos. Pensó también que Rafaela estaba afligidísima porque no había podido nacer en ella el amor puro. Y pensó, por último, que para consolación de tantas cuitas, y vista y declarada la imposibilidad del amor puro, aún podría servir el mixto, tal como Rafaela le entendía y le había descrito, o sea la combinación de la amistad, del aprecio, del anhelo de lucir generosidad y gallardía y de la sed del deleite.





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