Genio y figura
Genio y figura —De sobra —replicó ella— sabes mis relaciones con Juan Maury. Lo que no sabes es lo que ha habido de singular y de nuevo en estas relaciones. Otros hombres me han inspirado simpatÃas más o menos vehementes. Por ellos he sentido lo que se llama amistad. A caer en sus brazos me ha impulsado no sé qué extraña misericordia, no sé qué endiablada generosidad, que califico de perversa, y no sé qué vanidosa estimación de mi propia hermosura. He sido como engreÃdo artista que anhela mostrar la linda joya que ha cincelado al que juzga delicado conocedor y buen perito. He sido como el poeta que, por más esfuerzos que hace, no sabe resistir a la tentación de recitar sus versos a quien juzga persona de gusto exquisito, capaz de estimar y de tasar el valor de ellos y los quilates de perfección y de belleza que contienen. Esta soberbia mÃa y el benigno afán de conceder yo venturas, sin pena para mÃ, sino tal vez con deleite, han sido la causa de no pocos extravÃos y ligerezas que deploro. La gente me calificará de mujer galante y enamorada. Pero, si bien se mira, yo no he conocido el amor, como este no sea una combinación de amistad, aprecio, deseo de agradar y de embelesar, y empeño vanidoso en mostrar a quien se aprecia y a quien se profesa cierto cariño, todo el valer, toda la lozanÃa y toda la potencia deleitable y beatÃfica de la propia persona. Pero esto no es el verdadero amor. Si no fuese por los versos y las novelas que he leÃdo, yo no tendrÃa de él ni noticia ni presentimiento. En mi alma ha habido predilección no pocas veces. Tú, por ejemplo, y no quiero lisonjearte, has sido uno de mis predilectos. Lo que no ha habido en mi alma ha sido el amor perfectÃsimo de que nos habla la poesÃa. Mi alma ha tenido sus predilectos. Nunca ha llegado a tener al amado: al único, al verdadero y legÃtimo esposo; al que exclusivamente y para siempre se rinde la voluntad y se entrega y se abandona la vida. Sin él no se concibe goce. Las aspiraciones todas del espÃritu, la fe en el mérito y excelencia de un ser extraño, el ansia de inefables placeres, todo, según dicen, se pone y se busca en el amado, el cual sólo podrÃa tener rival en Dios, si lográsemos mortificar y aniquilar nuestro cuerpo y convertirnos en espÃritu puro. Para la mujer amante no tiene, pues, ni puede tener en la tierra, rival el amado. Yo no habÃa llegado ni me consideraba capaz de llegar a tan gentil idolatrÃa. Sólo he entrevisto y columbrado asà la capacidad de sentirla como el hechizo que debe de haber en ella, desde que fui de Juan Maury. Pero él, bondadoso, agradecido, con notable afecto hacia mÃ, porque yo no puedo ni quiero quejarme de su tibieza ni de su egoÃsmo, siempre me consideró como a una buena mujer, aunque harto ligera, y ese amor verdadero, ese apretado lazo de unión completa e indisoluble entre dos corazones humanos, jamás imaginó que pudiera enlazar su corazón con el mÃo. Yo entiendo que esto no llega a conseguirse jamás con súplicas y excitaciones de una parte. En ambas, para que prevalezca, ha de nacer de un modo espontáneo. Además, yo soy orgullosa y detesto la ficción y la mentira, aunque la piedad las motive. De aquà que al amor ideal, al amor exclusivo y único, que iba a brotar en mi alma, por primera vez y como flor tardÃa, le corté yo las alas antes de que remontase el vuelo. Juan Maury se ha ido. Yo no le censuro. Ha hecho bien. Ni él podÃa darme ni yo podÃa exigirle amor constante y para siempre. Deploro el amor ahogado antes de nacer, mas no el que ya vivÃa y ha muerto. Hasta en mi propia alma habÃa obstáculos invencibles contra el nacimiento del amor, obstáculos que hubieran combatido contra él para darle muerte apenas nacido. La amistad que me inspira JoaquÃn Figueredo, mi gratitud hacia él, la estimación que le tengo, al ver en él un conjunto de nobles prendas, oculto y sepultado antes bajo las ruines condiciones de su sórdida existencia primera, y que yo he descubierto después, asà para mà como para la generalidad de los hombres, todo esto no ha podido vencer la inclinación viciosa de mi naturaleza, la vehemencia de mis pasiones y la licencia y el desenfreno en que me he criado. Inútiles han sido mis propósitos de serle fiel; pero, me parece que no puede haber fuerza en el mundo que me impulse a serle inconstante, a abandonarle, a causarle inmenso dolor dejándole ver con claridad mi desvÃo, siendo con él cruelmente ingrata. Tengo por cierto que si mi amor hubiera nacido y se hubiera manifestado con la mayor vehemencia y si Juan Maury hubiera participado de él por completo, todavÃa hubiera yo preferido morir a dejar solo a JoaquÃn Figueredo, sin los cuidados y la ternura que hoy más que nunca necesita y que yo le dedico. Por esta consideración, casi me alegro de que Juan Maury me haya dejado y se haya ido muy lejos. Más vale que amor no nazca que no que muera en terrible lucha con una obligación que juzgo sagrada. Acaso halles tú harto alambicado y sutil lo que estoy diciendo, pero digo lo que siento aunque te parezca inverosÃmil. Hoy, perdido para mà Juan Maury y demostrada mi imposibilidad de amor, queda cual único fin de mi vida el propósito de hacer feliz a Figueredo, de mirar por su salud y bienestar, de endulzar y de prolongar su vida hasta donde sea posible, y, si le sobrevivo, de cerrar piadosamente sus ojos y de llorar su muerte.