Genio y figura

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Don Joaquín, entre las diversas empresas que había acometido, contaba también la de agricultor en grande. No lejos de Petrópolis había comprado extensísimos terrenos y había formado en ellos una magnífica fazenda de diversos plantíos y sembrados, donde empleaba para la dirección y los más delicados trabajos a bastantes colonos alemanes y para las faenas más rudas multitud de esclavos negros. En el sitio más pintoresco de la propiedad, al borde de un riachuelo de agua cristalina y cercada de ameno jardín, se parecía la chácara o casa de campo, con vivienda muy cómoda para señores. Allí iba D. Joaquín a menudo, ya para inspeccionar la finca, ya para solazarse con algunos viejos amigos en el ejercicio de la caza, a lo que convidaba no corta porción de la tierra que poseía, inculta aún y formando risueña e intrincada floresta, en cuyo seno abundaban los pájaros y no pocos otros animales silvestres, como grandes lagartos y tatúes o armadillos.

Aquel bosque, aun sin el aliciente de la caza, era delicioso, tanto por los gigantescos árboles que le daban sombra y frescura, como por las olorosas y variadas flores que cubrían el suelo, por las orquídeas que crecían parásitas en los añosos troncos, y por las plantas enredaderas que, formando guirnaldas y festones, entrelazaban los árboles, haciendo a veces impenetrable la espesura, si un negro no caminaba delante con una hoz abriendo camino.


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