Genio y figura
Genio y figura Sus facultades críticas y analíticas, sin poderlo remediar ella, se aplicaban a la comparación. Y comparando al joven inglés con Arturo, Arturo salía siempre muy mal parado. Arturo era de menos que mediana estatura y estrecho de hombros. El inglés alto, sin dejar de ser bien proporcionado, y ancho de espaldas, sin que la esbeltez y la elegancia le faltasen. Era el uno moreno pálido, casi cetrino, blanco y sonrosado el otro y rubio como las candelas. Y por último, en lo tocante a las prendas intelectuales y morales, al ingenio, al saber y a la energía de voluntad que en medio de su aparente timidez en el inglesito se notaba, la diferencia aparecía enorme en la mente escrutadora de Rafaela.
Empezó, pues, a tener vergüenza del afecto que Arturito le había inspirado. La compasión hacia él fue disminuyéndose casi hasta desaparecer. Y el anhelo de elevarse hasta la virtud más sólida, de consagrarse fielmente a D. Joaquín y de ser modelo de casadas y señora muy respetable vino a ser la constante obsesión de su alma. Aunque ella era un lince para notar los defectos de las personas que trataba, no sé cómo se las compuso que no halló el menor defecto en el inglesito. Todo él le pareció una perfección. Y en vez de pensar en educarle para elevarle a su altura, pensó en educarse a sí misma para subir a la altura en que le veía colocado.