Genio y figura

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XVI

Llegó por fin el día prefijado por Rafaela para tomar la cruel resolución, inevitable ya según su atormentada conciencia, de decir al pobre Arturito: hasta aquí llegó, no sigamos adelante.

D. Joaquín se había ido a la chácara por una semana en compañía de tres o cuatro amigos.

Rafaela no recibía a sus tertulianos, pretextando frecuentes jaquecas, única enfermedad que solía alterar levemente su salud envidiable.

En las noches de jaqueca muchos tertulianos acrecentaban el mal de Rafaela, pero la visita de uno sólo podía aliviarla.

Arturito acudió, pues, aquella noche, esperando tener la satisfacción de dar el alivio mencionado. Como de costumbre, el portero negro que guardaba la puerta de la verja de hierro que rodeaba el jardín, le dio paso franco sin sonar la campana, porque estaba industriado y al corriente de todo y sabía bien su oficio.

Madame Duval, que aún sabía mejor el suyo y que tenía ojos de lince y oído de liebre, se hallaba atisbando a la hora convenida, abrió la puerta y, sin hacer ruido, introdujo al joven brasileño en el confortable y primoroso boudoir de su señora.


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