El arte y la revolucion
El arte y la revolucion —Alto ahÃ. Entendámonos. Póngase usted en el caso de que un dÃa Picasso pinte un Laval cubista, haciendo sablear por la policÃa de Lille a los tejedores franceses, porque reclaman un aumento de salarios. ¿Qué ocurrirÃa? OcurrirÃa esto: en primer lugar, ni M. Rosemberg —«marchand» de Picasso— ni ningún otro «marchand de tableaux» de ParÃs querrÃa exponer ese lienzo al público en sus galerÃas; en segundo lugar, el público de la rue de la Boétie —público «chic», «le tout Paris cultivé et riche», capaz de comprar los cuadros carÃsimos de Picasso— se indignarÃa y hallarÃa el tema y hasta el desarrollo artÃstico del lienzo, «droles», de mal gusto, truculentos y, por último, enojosos, cuando no «pas intéressants» (¡y ya sabemos por qué!); en tercer lugar, la crÃtica de «Le Temps», de «Le Figaro», de «Paris Midi», etc, pondrÃan el grito en el cielo; y, en cuarto lugar, la policÃa secreta del famoso M. Chiappe visitarÃa una tarde a Picasso y le harÃa una notificación, por cierto, no muy agradable. Total, el pintor perderÃa en su prestigio y, consiguientemente, en su cartera, aparte de quedar sometido a una vigilancia sorda y alevosa, que puede terminar con el artista en Irún. ¿En qué quedó la libertad del pintor? Y conste que el tema del cuadro no serÃa invención de Picasso, sino tomado de la realidad de lo sucedido en julio 1930, cuando Laval era Ministro de Trabajo. Y conste, en fin, que las tragedias y —más si son sociales— contienen sugestiones artÃsticas de primera categorÃa.