El arte y la revolucion

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El otro manifiesto, titulado «Un cadáver», ofrece lapidarios pasajes necrológicos sobre Breton. «Un instante —dice Ribemont Dessaignes— nos gustó el superrealismo: amores de juventud, si se quiere, de domésticos. Los jovencitos están autorizados a amar hasta a la mujer de un gendarme (esta mujer está encarnada en la estética de Breton). Falso compañero, falso comunista, falso revolucionario, pero verdadero y auténtico farsante, Breton debe cuidarse de la guillotina: ¡qué estoy diciendo! No se guillotina a los cadáveres».

«Breton garabateaba, —dice Roger Vitrac— garabateaba un estilo de reaccionario y de santurrón, sobre ideas subversivas, obteniendo un curioso resultado, que no dejó de asombrar a los pequeños burgueses, a los pequeños comerciantes e industriales, a los acólitos de seminario y a los cardíacos de las escuelas primeras».

«Breton —dice Jacques Preven— fue un tartamudo y lo confundió todo: la desesperación y el dolor al hígado, la Biblia y los Cantos de Maldoror, Dios y Dios, la tinta y la mesa, las barricas y el diván de Madame Sabatier, el marqués de Sade y Jean Lorrain, la Revolución rusa y la revolución superrealista—… Mayordomo lírico, distribuyó diplomas a los enamorados que versificaban y, en los días de indulgencia, a los principiantes en desesperación».


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