El arte y la revolucion
El arte y la revolucion El autor de «Kyra Kyralina» es libre de emplear el método de los «reflejos» en todo lo que quiera: en su vida personal como en su literatura. Pero no es libre de emplearlo en política, terreno para el cual es menester una sensibilidad menos animal y más humana, menos afectiva y más intelectual. En todo cuanto Istrati escribe sobre política hay, inevitablemente, alabanza o invectiva. Su cordialidad ignora la justeza y la justicia, que nacen de los datos de la realidad objetiva y no de los arbitrarios recovecos subjetivos. Las gentes como Istrati se hallan, en política, a mil leguas de la psicología marxista, según la cual nuestro concepto sobre la realidad social y económica debe ser racional, rigurosamente científico e independiente de nuestros caprichos sentimentales. Panait Istrati es, en política, como en todo, un mero sentimental y, en consecuencia, cambia, se contradice o se desmiente a su libre arbitrio, según sus impresiones ultraindividuales. En particular, odia lo malo y ama lo bueno y piensa con Hegel y al revés de Marx, que lo bueno y lo malo son conceptos absolutos e inmutables. Allí donde se fusilaba a los ricos porque explotaban a los pobres, como en Rusia, Istrati ha pronunciado sus más grandes oraciones apologéticas. Pero si, un día inesperado, un excelente amigo suyo riñe con una bolchevique y se le cambia de alojamiento —perdiendo en la riña y en el cambio—, Istrati, muy a su pesar, tiene que pronunciar su condena contra el propio Soviet de sus amores. Para Istrati, en un país donde se trata sincera y prácticamente de establecer la democracia, es inconcebible que se produzca una riña de comadres y que, por distribuir mejor unas habitaciones entre quienes las necesitan, se incomode de modo más o menos discutible a tal o cual sujeto. A partir del «affaire» Russakov, todas las excelencias soviéticas se truecan en ignominias infernales. La generalización es gusto y manía típicamente reaccionarios.